A Imelda, quien me movió a leer el Ion once more.
Todo aquél que haya tenido la intención de escribir, seguramente se topó con lo imponente que se presenta por primera vez la hoja en blanco, ese vacío, esa blancura tan poderosa, tan intimidatoria que nuestra mente aprehende al grado de mimetizarse con ella poniéndose precisamente, en blanco. Hay quienes afirman que las musas en ese momento llegan a rescatarlos y les iluminan el seso, es decir, los inspiran (otros nos quedamos con la hoja en blanco). Sería, a mi juicio, desatinado decir que Platón comparte cabalmente esta posición, pues él la lleva al extremo. Sostiene que los poetas no son buenos porque tengan ideas brillantes, porque tengan una óptica diferente de la realidad, o mejor aún, porque tengan la competencia de exponer con gracia la más humilde de las nimiedades, “[…] sino porque están endiosados y posesos” (Ion, 533e). En este contexto, el poeta mientras poetiza no es él mismo, la divinidad se apodera de él y es ésta la que habla sirviéndose de su pluma, la razón lo abandona y “[m]ientras pose[e] este don, le es imposible […] poetizar y profetizar” (Ion, 534b). En resumen, y en palabras del mismo Platón, el poeta es un demente.
Pero este calificativo no es algo que preocupe al artista en general, muchos han sido tildados de locos y es cosa que les importa poco y que nada afecta a su creación, pero a mí sí me interesa e incluso me indigna, a continuación presento mis motivos, no sin antes aclarar que lo que me mueve a pensar tales cosas es la razón y no la vanidad.
Poesía proviene del griego poien que significa hacer, de este modo, un poema (poiêma) es una cosa hecha y el poeta (poiêtês) un hacedor. Por otro lado, un acto, y la consecuencia de éste, sólo puede ser juzgado si se realiza con conciencia y libertad, según reza en los manuales de ética (en los decentes) que no hay necesidad de citar. Si aceptamos lo anterior, se sigue necesariamente que el poeta[1], en su calidad de productor, debe responder tanto por sus acciones como por su producción, conclusión para nada sorprendente pero de enorme trascendencia. Si el poeta fuese un inspirado, una mera herramienta de la divinidad, como Platón decía, no sería libre, se vería reducido a la calidad de escribano, si no es que a la de secretaria de la musa, y al terminar la película, su nombre saldría en letras chiquitas y hasta el último, cuando todos ya dejaron la sala. Si, en cambio, fuera un demente, no sería consciente y no podría dar razón de sus escritos. En ambos casos, el poeta no sería sujeto de valoración, es decir, no podría ser responsable de su producción, es verdad que así no tendría que dar la cara si algo sale mal, pero de igual modo perdería la oportunidad de llevarse las loas si la producción es aceptable y digna de aplauso, de lo que no sólo tiene el derecho sino el deber.
Como el poiêma es fruto del pensamiento libre del escritor y de su reflexión consciente, no me queda más que decir salvo que el poeta es responsable del primero y merece, para él solo, tanto la alabanza como la condena (y eventualmente el beneficio económico que, de no ser así, tendría que ir a parar a las arcas de alguna secta adoradora de las divinidades griegas).
Pero este calificativo no es algo que preocupe al artista en general, muchos han sido tildados de locos y es cosa que les importa poco y que nada afecta a su creación, pero a mí sí me interesa e incluso me indigna, a continuación presento mis motivos, no sin antes aclarar que lo que me mueve a pensar tales cosas es la razón y no la vanidad.
Poesía proviene del griego poien que significa hacer, de este modo, un poema (poiêma) es una cosa hecha y el poeta (poiêtês) un hacedor. Por otro lado, un acto, y la consecuencia de éste, sólo puede ser juzgado si se realiza con conciencia y libertad, según reza en los manuales de ética (en los decentes) que no hay necesidad de citar. Si aceptamos lo anterior, se sigue necesariamente que el poeta[1], en su calidad de productor, debe responder tanto por sus acciones como por su producción, conclusión para nada sorprendente pero de enorme trascendencia. Si el poeta fuese un inspirado, una mera herramienta de la divinidad, como Platón decía, no sería libre, se vería reducido a la calidad de escribano, si no es que a la de secretaria de la musa, y al terminar la película, su nombre saldría en letras chiquitas y hasta el último, cuando todos ya dejaron la sala. Si, en cambio, fuera un demente, no sería consciente y no podría dar razón de sus escritos. En ambos casos, el poeta no sería sujeto de valoración, es decir, no podría ser responsable de su producción, es verdad que así no tendría que dar la cara si algo sale mal, pero de igual modo perdería la oportunidad de llevarse las loas si la producción es aceptable y digna de aplauso, de lo que no sólo tiene el derecho sino el deber.
Como el poiêma es fruto del pensamiento libre del escritor y de su reflexión consciente, no me queda más que decir salvo que el poeta es responsable del primero y merece, para él solo, tanto la alabanza como la condena (y eventualmente el beneficio económico que, de no ser así, tendría que ir a parar a las arcas de alguna secta adoradora de las divinidades griegas).
[1] Este juicio puede ser extensivo al literato en general pues en la Grecia antigua carecían de otros géneros.
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