viernes, 17 de julio de 2009

La afición


¡Aficionados que viven la intensidad del futbol!
Enrique ‘el perro’ Bermúdez

Poco antes de que empezara el partido de la selección, mi vieja me inquiría sobre la causa por la que sigo con tesón al tricolor, además de mi deseo de ver el juego, si sabía de antemano que iba a ser malo (y enunciaba verdad). Al parecer, el buen juicio me abandonó y respondí: porque soy aficionado. Ciertamente mi respuesta sonó pobre, pero, aún después de la reflexión, considero que es la mejor justificación que puedo dar.
La relación afición-equipo (muy a mi pesar) escapa del dominio racional, es más adecuado situarla en el orden de lo emotivo. Para corroborarlo, hay suficiente evidencia; por ejemplo, que la gente se organice en porras y establezca convenciones y ritos para la ceremonia del partido, pues, ¿por qué alguien mueve su brazo al ritmo del tomahauk para alentar al bateador?, ¿quién le compone una canción de mala calidad al Cruz azul o al América, sino un aficionado carente de ingenio y creatividad pero con mucha pasión?, o ¿quién las cantaría sino otro sujeto que comparte esos atributos?
Hace no mucho, cuando descendió el Necaxa, un tipo bien pedo declaraba, con voz quebrada y lágrimas en los ojos, quiero agradecerles por todos los buenos momentos que nos dieron en los noventas y los espero ¡porque van a regresar! Estoy seguro que el dolor de este sujeto es compartido por toda la hinchada de rayos. También me asalta el recuerdo del último partido de la temporada regular 2007 entre Pericos y Saraperos, cuando, en la novena entrada, Donny León tomó turno al bat para ganar el partido, asegurar el tercer lugar de la segunda vuelta para los emplumados y confirmar sus títulos de home runs, carreras producidas y slugging. Todo el parque gritaba: ¡Donny Donny…! y el cuarto madero pegó sencillo remolcador mientras la afición jubilosa continuaba invocándole. Éste, dejándonos una estampa memorable, quitándose el casco, se acercó a la tribuna para agradecer el gesto. Para el siguiente año, cuando el borinqueño regresó al Serdán vistiendo la franela de los Vaqueros, fue recibido con una rechifla aparentemente de animadversión aunque en el fondo se adivinaba la nostalgia. Todo lo anterior constata el carácter emotivo y torpe de la afición, similar al enamoramiento del adolescente.
El aficionado escoge sus colores por razones nimias e intrascendentes, no sé si sea por costumbre o por el afán de competir, pero éstos se arraigan en nuestra persona profundamente y se funden con ella, es ciertamente accidental, y un análisis racional no demasiado arduo lo haría patente, sin embargo, tomando en su justa medida la relación aficionado-equipo, es decir, en el plano emotivo, es innegable que nuestra naturaleza adquiere el color elegido con tinte indeleble.