“mi olvido me va a costar 800 pesos”
Mi madre hablando de sus recargos por morosa
Esta vez, contrario a mi (mala) costumbre, no trataré de dilucidar naturalezas ni revelar su carácter, entre otras cosas porque hoy no estoy de humor para fracasar, además, no sé qué es el olvido y no me siento en condiciones de develarlo. El desconocer qué es, no es algo que me cause demasiado pesar, después de todo nadie, en su sano juicio, se aflige por la carencia de lo no indispensable, como es el caso del conocimiento por deporte. Lo que ninguno tolera es que se les despoje de lo poseído y eso es precisamente lo que sucede cuando olvidas, pierdes el conocimiento que otrora tenías, me permito hacer gala del lenguaje especializado con su consecuente pedantería (ji ji):
Mi madre hablando de sus recargos por morosa
Esta vez, contrario a mi (mala) costumbre, no trataré de dilucidar naturalezas ni revelar su carácter, entre otras cosas porque hoy no estoy de humor para fracasar, además, no sé qué es el olvido y no me siento en condiciones de develarlo. El desconocer qué es, no es algo que me cause demasiado pesar, después de todo nadie, en su sano juicio, se aflige por la carencia de lo no indispensable, como es el caso del conocimiento por deporte. Lo que ninguno tolera es que se les despoje de lo poseído y eso es precisamente lo que sucede cuando olvidas, pierdes el conocimiento que otrora tenías, me permito hacer gala del lenguaje especializado con su consecuente pedantería (ji ji):
PSfp ˄ ¬Sfp[1].
Ojeando fotos, me encontré una de mi madre en la cual al fondo se divisaba mi lonchera de rejita con la que jugaba a que era la prisión de mis G. I. Joe y donde mi hermana me ponía de lunch salchichas en rueditas embadurnadas con una desagradable mezcla de aceite frío y cátsup (recordándolas las odio tanto como entonces). Tenía años que no reparaba en mi lonchera y en lo que significó para mí, ciertamente tuvo una función bastante modesta y no fue determinante en mi persona, pero forma parte de mi historia y perder su recuerdo habría implicado perder parte de mí, como dice la rola: all you touch and all you see is all your life, will ever be.
Olvidar es un ultraje, una vejación ante la cual nos encontramos indefensos, es una peste como bien escribió el Gabo cuando Rebeca llevó el insomnio a Macondo. Con éste, se acarreaba la paulatina pérdida de la memoria, y las artimañas de etiquetar las cosas con su nombre y utilidad no hubieran sido suficientes para vencer al olvido cuando éste alcanzara al lenguaje escrito. Macondo, para su fortuna, contaba con la sabiduría de Melquiades, que conocía la cura, nosotros, pura de árabe!, si bien no estamos condenados a la pérdida absoluta de la memoria, salvo las desgraciadas víctimas del alzhéimer, pareciera que el olvido nos pertenece y para nuestra desventura no tenemos un Melquiades y el ginsen se muestra como un guardián poco eficaz de los gigas de información de los que somos despojados sutil, pero constantemente.
Curiosamente, san Agustín dice que la mejor arma que tenemos contra el olvido es el olvido mismo, que “[…] está presente para que no nos olvidemos de las cosas que olvidamos […]”[2], como en los casos en que se olvida y se es consciente de ello y, a través del esfuerzo y el ahínco, recordamos. Pero hay un tipo especial de nociones e imágenes que nos resultan inefables y, a pesar de ello (de hecho precisamente por ello), éstas son las que demuestran nuestro fracaso frente a los embates del olvido y el corto alcance de la estrategia agustiniana. Las nociones e imágenes a las que me refiero son las que hemos perdido para siempre, y que precisamente por esa condición no podemos expresar, lo más cercano que encuentro para ejemplificarlo es mi lonchera de rejita, que de no ser por la foto hubiera olvidado para siempre. Estos recuerdos, si así les podemos llamar, nos han sido arrebatados y estimando los que aún conservo, me parece que los primeros son la mayoría.
Me azoto mucho con eso del olvido no? La neta no sé qué sea y me resulta difícil idear un modo de hacerle frente, yo creo que lo mejor es irla pasando y no preocuparse demás por él, pues así como Séneca condena a los que descuidan el presente atendiendo al futuro, merecen condena los que lo descuidan atendiendo al pasado.
P.D. No me gustó.Ojeando fotos, me encontré una de mi madre en la cual al fondo se divisaba mi lonchera de rejita con la que jugaba a que era la prisión de mis G. I. Joe y donde mi hermana me ponía de lunch salchichas en rueditas embadurnadas con una desagradable mezcla de aceite frío y cátsup (recordándolas las odio tanto como entonces). Tenía años que no reparaba en mi lonchera y en lo que significó para mí, ciertamente tuvo una función bastante modesta y no fue determinante en mi persona, pero forma parte de mi historia y perder su recuerdo habría implicado perder parte de mí, como dice la rola: all you touch and all you see is all your life, will ever be.
Olvidar es un ultraje, una vejación ante la cual nos encontramos indefensos, es una peste como bien escribió el Gabo cuando Rebeca llevó el insomnio a Macondo. Con éste, se acarreaba la paulatina pérdida de la memoria, y las artimañas de etiquetar las cosas con su nombre y utilidad no hubieran sido suficientes para vencer al olvido cuando éste alcanzara al lenguaje escrito. Macondo, para su fortuna, contaba con la sabiduría de Melquiades, que conocía la cura, nosotros, pura de árabe!, si bien no estamos condenados a la pérdida absoluta de la memoria, salvo las desgraciadas víctimas del alzhéimer, pareciera que el olvido nos pertenece y para nuestra desventura no tenemos un Melquiades y el ginsen se muestra como un guardián poco eficaz de los gigas de información de los que somos despojados sutil, pero constantemente.
Curiosamente, san Agustín dice que la mejor arma que tenemos contra el olvido es el olvido mismo, que “[…] está presente para que no nos olvidemos de las cosas que olvidamos […]”[2], como en los casos en que se olvida y se es consciente de ello y, a través del esfuerzo y el ahínco, recordamos. Pero hay un tipo especial de nociones e imágenes que nos resultan inefables y, a pesar de ello (de hecho precisamente por ello), éstas son las que demuestran nuestro fracaso frente a los embates del olvido y el corto alcance de la estrategia agustiniana. Las nociones e imágenes a las que me refiero son las que hemos perdido para siempre, y que precisamente por esa condición no podemos expresar, lo más cercano que encuentro para ejemplificarlo es mi lonchera de rejita, que de no ser por la foto hubiera olvidado para siempre. Estos recuerdos, si así les podemos llamar, nos han sido arrebatados y estimando los que aún conservo, me parece que los primeros son la mayoría.
Me azoto mucho con eso del olvido no? La neta no sé qué sea y me resulta difícil idear un modo de hacerle frente, yo creo que lo mejor es irla pasando y no preocuparse demás por él, pues así como Séneca condena a los que descuidan el presente atendiendo al futuro, merecen condena los que lo descuidan atendiendo al pasado.
[1] Sirviéndonos de operadores de la lógica temporal y epistémica: fulano sabía algo y ya no lo sabe.
[2]San Agustín. Confesiones. Madrid, B.A.C. 1986. Pág. 331.
no es tan malo ni tan largo... lo que sí está chafón es tu último párrafo
ResponderBorrarhabía olvidado mucho de lo que escribes, pero hay muchas cosas muy buenas, bendita escritura
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