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El 10 de septiembre, los titulares de todos los periódicos refirieron el maravilloso suceso; los trends topics no versaron sobre otra cosa; en el Facebook, las bromas sobre Newton no tardaron en aparecer: una manzana había caído para arriba. El prodigio había tenido lugar en el jardín botánico de cierta universidad en la que trabajaba el profesor Antonio Wenceslao, con quien me asignaron en el programa Semestre con un investigador.
La noticia no pasó desapercibida para nadie. La comunidad científica se volcó en un acalorado debate para dilucidar las causas del fenómeno, en el que se sostuvieron las más disímiles tesis como la manipulación de la evidencia; que el aire en un punto específico, con el diámetro exacto del fruto, sufrió un proceso de licuefacción, por lo que el peso aparente de la manzana se había vuelto cero; o hasta que las plantas estaban evolucionando y el hecho respondía a una estrategia de conservación del Malus sylvestris, que cada vez se haría más frecuente.
Los puristas del lenguaje, por su parte, arguyeron que el portento se reducía a un absurdo semántico, pues, el concepto caer entraña necesariamente el desplazamiento hacia abajo. Resolvían la cuestión enunciando que la manzana había ascendido.
En las últimas páginas de un periódico sensacionalista de ámbito local y poco impacto, se publicó una nota en la que se aseguraba que un profesor de la Facultad de Filosofía y Letras había vaticinado el fenómeno horas antes en un congreso sobre epistemología. La verdad es que el profesor Antonio Wenceslao no había predicho nada, simplemente había respondido al ataque de un realista ingenuo: “en apego a mis principios no me sorprenderé si una manzana se cae para arriba o mañana el sol nace por el occidente”.
El profesor Antonio Wenceslao no era un académico sobresaliente, en los círculos intelectuales era menospreciado y tenía fama de loco, maniaco o hasta charlatán, a mí me parecía un personaje simplemente peculiar, a quien tenía que sobrellevar para justificar mi beca del programa de investigación. El factor que le había otorgado un poco de notoriedad, porque no se le puede llamar celebridad, era su férrea convicción escéptica, la que alcanzó su clímax simbólico cuando escupió sobre la tumba de Cartesio.
En consonancia con su parecer, el profesor tenía un singular hábito que el único nombre que podía recibir mejor que el de duda metódica, era el de duda compulsiva. El Profesor Antonio se sentaba todas las tardes a llenar página tras página y cuaderno tras cuaderno con la constancia por escrito de su dudar permanente. Cuando joven, después de leer el Discurso del método, comenzó a no admitir como verdadera cosa alguna sin conocer con evidencia que lo era (lo que lo condujo a no aceptar nada, por supuesto, tampoco la causalidad), pero no se detuvo ahí, siguiendo el consejo cartesiano al extremo, dudó de todo lo que le parecía razonable dudar; lo que lo condujo a dudar de que dudaba, y luego, a dudar que dudaba de que dudaba, después, a dudar de que dudaba que dudaba de que dudaba… Desde el momento en que su mente no pudo contener tal cantidad de dudas, comenzó a escribirlas en papel y así se originó su excéntrica práctica.
A mí, que había sido de los pocos privilegiados en presenciar la elevación de la manzana, a veces me parecía que tenía fundamento su duda al infinito, pero otras, la creía una osadía juvenil que, paulatinamente, se había tornado en extravagancia senil.
El 9 de septiembre, después de asistir a la ponencia del Profesor Antonio Wenceslao, caminé a través del jardín botánico para llegar al boulevard en el que tomaría el microbús. Meditaba sobre las ideas del profesor y concluí que no estaba de acuerdo con él, yo podía dudar de todo, pero no de que dudaba: como Cartesio, ¡no dudaba de que dudaba! En ese momento, la manzana se desprendió de su rama y voló por los cielos. Lo único que atiné a pensar entonces fue “no dudo de que dudo, es decir, dudo y no dudo” y temí que, de continuar con estos pensamientos, al otro día el sol naciera por el occidente.