A
pesar de ser un individuo especialmente vicioso, puedo asegurar que la
deshonestidad no es uno de mis defectos. Por fortuna, las ocasiones que he
tratado de faltar a la rectitud, me he visto envuelto en situaciones
sobremanera penosas que me han recordado que no debo faltarle al respeto a mis
iguales y, sobre todo, a mí mismo.
Cuando
era niño, tendría yo 6 ó 7 años, después de varias visitas a la miscelánea,
descubrí que entre el mostrador y el refrigerador contiguo había un hueco donde
cabía mi entonces pequeña mano, y podía tomar un huevo de Kinder sorpresa, algo
muy preciado para mí en ese entonces. Después de pensarlo en numerosas
ocasiones, decidí dar el golpe y robarme un huevito; así que fui a la tienda,
compré alguna pequeñez y mientras me daban mi cambio, metí mi mano en el agujero
y tome el objeto de mi deseo. Para mi desgracia (o más bien mi fortuna), mis
nervios hicieron que tirara de más del huevo tirando toda la caja, por lo que
salí casi corriendo de la tienda. Cuando regresé se me caía la cara de
vergüenza, desde luego.
Unos
años después, trabajando en una tienda de conveniencia, por accidente no cerré
la cuenta de un individuo, que había comprado unos chicles de uno cincuenta y
se me hizo fácil volvérselos a cobrar a la siguiente clienta que era una
gringa. Al darle su ticket me dijo: “me estás cobrando unos Trident que yo no
compré”, le di el peso con cincuenta que le pertenecían sintiéndome sumamente
pinche por colaborar al cliché del mexicano gandalla.
La
última, fue sin duda la más dolorosa. Un ex amigo[1] en cierta forma me
defraudó; fui a beber a su casa, y ya borracho, en afán de desquite le robé 2
libros que por cierto ni siquiera eran suyos. Al otro día le confesé mi falta a
su hospitalidad, a lo que de modo resentido contestó “ahí tú sabes”, lo que me
hirió profundamente al echarme en cara lo ruin que fui.
A
partir de estas experiencias he decidido no volver a ser deshonesto ni abusivo,
aunque espero que si alguna vez vuelvo a flaquear, la fortuna, que según
Maquiavelo por su naturaleza femenina sonríe a los jóvenes, me recuerde que ese
camino no es el mío.
[1]
Yo no tengo amigos. De los que fueron mis amigos, unos no merecen ese
apelativo, y los que lo merecen, he perdido el derecho de llamarlos de esa
forma. Una sentida disculpa para ellos, pues, aún los aprecio.
Cuando iba a la primaria nunca llevaba dinero (sobra decir las razones obvias) y un día se me antojó una jícama con chile y limón de las que venden afuera de las escuelas. Entonces se me ocurrió clavarme un peso de una señora que vendía dulces. Lo tenía perfectamente planeado. Calcule la distancia entre mi mano y su codo. Mire atentamente a los niños que iban y le compraban golosinas de a 50 centavos. Estiré la mano. Abrí mis dedos con tanta calma...que un señor que estaba junto a mí notó sospechosa. Sin pensarlo, él le avisó a la señora diciéndole:"Hey, fíjese". Regresé la mano a mi tronco tan rápido que cuando la seño volteó a verme yo sólo cogía mi mochila y me retiraba del lugar... Sin mi jícama con chile.
ResponderBorrarHoy volví a leer tu blog con Fer y este post me dio mucha tristeza... Me gustaría mucho que me consideraras tu amigo (yo te sigo considerando mi amigo, amigo ausente, pero mi amigo de los buenos), ojalá los obstáculos, las diferencias, las distancias y necesidades cotidianas no nos impidan serlo. Te quiero, culerín.
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