lunes 24 de agosto de 2009

Analogía inspirada en el post anterior

Así como lo bueno, breve, dos veces bueno; lo malo, largo, dos veces malo.

Ensayo condenado al olvido

“mi olvido me va a costar 800 pesos”
Mi madre hablando de sus recargos por morosa

Esta vez, contrario a mi (mala) costumbre, no trataré de dilucidar naturalezas ni revelar su carácter, entre otras cosas porque hoy no estoy de humor para fracasar, además, no sé qué es el olvido y no me siento en condiciones de develarlo. El desconocer qué es, no es algo que me cause demasiado pesar, después de todo nadie, en su sano juicio, se aflige por la carencia de lo no indispensable, como es el caso del conocimiento por deporte. Lo que ninguno tolera es que se les despoje de lo poseído y eso es precisamente lo que sucede cuando olvidas, pierdes el conocimiento que otrora tenías, me permito hacer gala del lenguaje especializado con su consecuente pedantería (ji ji):
PSfp ˄ ¬Sfp[1].
Ojeando fotos, me encontré una de mi madre en la cual al fondo se divisaba mi lonchera de rejita con la que jugaba a que era la prisión de mis G. I. Joe y donde mi hermana me ponía de lunch salchichas en rueditas embadurnadas con una desagradable mezcla de aceite frío y cátsup (recordándolas las odio tanto como entonces). Tenía años que no reparaba en mi lonchera y en lo que significó para mí, ciertamente tuvo una función bastante modesta y no fue determinante en mi persona, pero forma parte de mi historia y perder su recuerdo habría implicado perder parte de mí, como dice la rola: all you touch and all you see is all your life, will ever be.
Olvidar es un ultraje, una vejación ante la cual nos encontramos indefensos, es una peste como bien escribió el Gabo cuando Rebeca llevó el insomnio a Macondo. Con éste, se acarreaba la paulatina pérdida de la memoria, y las artimañas de etiquetar las cosas con su nombre y utilidad no hubieran sido suficientes para vencer al olvido cuando éste alcanzara al lenguaje escrito. Macondo, para su fortuna, contaba con la sabiduría de Melquiades, que conocía la cura, nosotros, pura de árabe!, si bien no estamos condenados a la pérdida absoluta de la memoria, salvo las desgraciadas víctimas del alzhéimer, pareciera que el olvido nos pertenece y para nuestra desventura no tenemos un Melquiades y el ginsen se muestra como un guardián poco eficaz de los gigas de información de los que somos despojados sutil, pero constantemente.
Curiosamente, san Agustín dice que la mejor arma que tenemos contra el olvido es el olvido mismo, que “[…] está presente para que no nos olvidemos de las cosas que olvidamos […]”[2], como en los casos en que se olvida y se es consciente de ello y, a través del esfuerzo y el ahínco, recordamos. Pero hay un tipo especial de nociones e imágenes que nos resultan inefables y, a pesar de ello (de hecho precisamente por ello), éstas son las que demuestran nuestro fracaso frente a los embates del olvido y el corto alcance de la estrategia agustiniana. Las nociones e imágenes a las que me refiero son las que hemos perdido para siempre, y que precisamente por esa condición no podemos expresar, lo más cercano que encuentro para ejemplificarlo es mi lonchera de rejita, que de no ser por la foto hubiera olvidado para siempre. Estos recuerdos, si así les podemos llamar, nos han sido arrebatados y estimando los que aún conservo, me parece que los primeros son la mayoría.
Me azoto mucho con eso del olvido no? La neta no sé qué sea y me resulta difícil idear un modo de hacerle frente, yo creo que lo mejor es irla pasando y no preocuparse demás por él, pues así como Séneca condena a los que descuidan el presente atendiendo al futuro, merecen condena los que lo descuidan atendiendo al pasado.
P.D. No me gustó.

[1] Sirviéndonos de operadores de la lógica temporal y epistémica: fulano sabía algo y ya no lo sabe.
[2]San Agustín. Confesiones. Madrid, B.A.C. 1986. Pág. 331.

miércoles 12 de agosto de 2009

México vs E. U.

En la final de la copa dorada,
campeonato de calidad dudosa,
llegó con pizarra escandalosa
la victoria diez años esperada.

La copa no importa, no vale nada,
digamos que era de a mentis la cosa;
la cuestión que resulta hoy forzosa,
es ver en el azteca derrotada

a la escuadra del vecino del norte.
Vamos muchachos, vamos, no sean gachos!
Que los gringos no se salgan del huacal.

Todos haciendo su debido aporte
vamos a darle duro a los gabachos
y que degusten el chile nacional!

viernes 17 de julio de 2009

La afición


¡Aficionados que viven la intensidad del futbol!
Enrique ‘el perro’ Bermúdez

Poco antes de que empezara el partido de la selección, mi vieja me inquiría sobre la causa por la que sigo con tesón al tricolor, además de mi deseo de ver el juego, si sabía de antemano que iba a ser malo (y enunciaba verdad). Al parecer, el buen juicio me abandonó y respondí: porque soy aficionado. Ciertamente mi respuesta sonó pobre, pero, aún después de la reflexión, considero que es la mejor justificación que puedo dar.
La relación afición-equipo (muy a mi pesar) escapa del dominio racional, es más adecuado situarla en el orden de lo emotivo. Para corroborarlo, hay suficiente evidencia; por ejemplo, que la gente se organice en porras y establezca convenciones y ritos para la ceremonia del partido, pues, ¿por qué alguien mueve su brazo al ritmo del tomahauk para alentar al bateador?, ¿quién le compone una canción de mala calidad al Cruz azul o al América, sino un aficionado carente de ingenio y creatividad pero con mucha pasión?, o ¿quién las cantaría sino otro sujeto que comparte esos atributos?
Hace no mucho, cuando descendió el Necaxa, un tipo bien pedo declaraba, con voz quebrada y lágrimas en los ojos, quiero agradecerles por todos los buenos momentos que nos dieron en los noventas y los espero ¡porque van a regresar! Estoy seguro que el dolor de este sujeto es compartido por toda la hinchada de rayos. También me asalta el recuerdo del último partido de la temporada regular 2007 entre Pericos y Saraperos, cuando, en la novena entrada, Donny León tomó turno al bat para ganar el partido, asegurar el tercer lugar de la segunda vuelta para los emplumados y confirmar sus títulos de home runs, carreras producidas y slugging. Todo el parque gritaba: ¡Donny Donny…! y el cuarto madero pegó sencillo remolcador mientras la afición jubilosa continuaba invocándole. Éste, dejándonos una estampa memorable, quitándose el casco, se acercó a la tribuna para agradecer el gesto. Para el siguiente año, cuando el borinqueño regresó al Serdán vistiendo la franela de los Vaqueros, fue recibido con una rechifla aparentemente de animadversión aunque en el fondo se adivinaba la nostalgia. Todo lo anterior constata el carácter emotivo y torpe de la afición, similar al enamoramiento del adolescente.
El aficionado escoge sus colores por razones nimias e intrascendentes, no sé si sea por costumbre o por el afán de competir, pero éstos se arraigan en nuestra persona profundamente y se funden con ella, es ciertamente accidental, y un análisis racional no demasiado arduo lo haría patente, sin embargo, tomando en su justa medida la relación aficionado-equipo, es decir, en el plano emotivo, es innegable que nuestra naturaleza adquiere el color elegido con tinte indeleble.

domingo 21 de junio de 2009

Dos nuevos haikus a la mexicana

Si a ti te pica
y no tienes lombrices,
mucho ojo eh!

Vegetariano,
pero pepino, paso!
nomás papaya.

No me molesten

Si alguna vez pensaron recibir
algo de su modesta servilleta,
que iba a ser un licenciado maleta,
o que iba a aprender a conducir,

lamento teneros que desdecir,
ya que de mamadas estoy a dieta
soy un apático huevón, la neta,
por qué no me dejan en paz vivir.

Si por mi actuar me juzgases perdedor,
si leo en gredos, pero escribo en jerga,
si un día deje de ser valedor

y ni ganas tengo de ir de juerga,
todos, salvo usted estimado lector,
por mi pueden irse mucho a la verga.

martes 16 de junio de 2009

Con overol y mostacho

Al demo, que luego luego le va a atinar quiénes son.

Con overol y mostacho peculiar
par de personajes voy a referir,
te pido no te vayas a confundir,
pues ambos son de dominio popular:

Chico che, que es el que nos hace bailar
y con sus letras nos hace reír;
el otro, también es fácil de inferir,
Mario Bross, el fontanero superstar.

Uno, con tres vidas, vence a la muerte,
total, comiendo hongos se asegura
de vivir pa’cuidar a su princesa.

El otro, no corrió con tanta suerte,
pues halló el camino a la sepultura
en un pasón de chochos con cerveza.